Hay canciones que uno lleva guardadas en la memoria y que son como una llave que abre compuertas que uno había olvidado incluso que existían.

No es potestad de la música, por supuesto. (A veces un detalle, un nombre, un lugar, un rostro, tienen ese mismo poder reminiscente.)

En mi constante retorno a mi infancia -uno de mis refugios más seguros y agradables-, la música para mí es compañía segura y magnífica guía en el fascinante ingreso al túnel del tiempo.

¿Quién se acuerda de Matt Monro?

¿Quién lo conoce?

Eran otros tiempos.

Sobre el escenario había una sola persona cantando y sus acompañantes detrás. Sin luces, fuegos artificiales, humos, ayudas audiovisuales ni trucos para mejorar la voz.

Y eso aparte de los diferentes idiomas en los que cantaba un mismo artista.

¿Quién canta hoy en varios idiomas como lo hacía Rita Pavone (popularizó incluso canciones en alemán que no tuvieron una versión italiana), Adamo (sus canciones en francés las llegó a cantar en japonés) o Dusty Springfield (una inglesa que cantaba en alemán)?

Hasta los Beatles llegaron a grabar un par de temas en alemán (pasaron temporadas en Hamburgo) y en nuestro idioma.

¿Quién se lo pediría hoy a Madonna o a Bieber?

¿Cantaría la López en alemán o francés?

¿Globalizados?

De acuerdo, el gran Aznavour todavía vive.

Y no hay por qué dejar de mencionar el Guinness de don Julio Iglesias y sus 14 idiomas. (Una especie de Corín Tellado de la canción, si me permiten.)

Paradojas, estas, de un mundo llamado y considerado como globalizado. (Cuando en verdad es cada vez más homogenizado por las grandes transnacionales para poder aumentar sus ventas.)

Matt Monro llevaba 54 años sobre el planeta y más de tres décadas cantando cuando murió en un hospital londinense en 1985.

Oído y gusto magníficos. Sencillez como persona.